jueves, 21 de junio de 2012

Cordobazo Rodolfo Walsh

Cordobazo


Por Rodolfo Walsh*
Trabajadores metalúrgicos, del transporte y otros gremios declaran paros para los días 15 y 16 de Mayo, en razón de las quitas zonales y el no reconocimiento de la antigüedad por transferencias de empresas.
Los obreros mecánicos realizaban una asamblea y son reprimidos, defienden sus derechos en una verdadera batalla campal en el centro de la ciudad el día 14 de Mayo.
Los atropellos, la opresión, el desconocimiento de un sin números de derechos, la vergüenza de todos los actos de gobierno, los problemas del estudiantado y los centros vecinales se suman.
Se paraliza totalmente la ciudad el 16 de mayo. Nadie trabaja. Todos protestan. El gobierno reprime.
En Corrientes es asesinado el estudiante Juan José Cabral. Se dispone el cierre de la Universidad.
Todas las organizaciones estudiantiles protestan. Se preparan actos y manifestaciones. Se trabaja en común acuerdo con la CGT.
El día 18 es asesinado en Rosario, el estudiante Adolfo Ramón Bello. Se realiza con estudiantes, obreros y sacerdotes tercermundistas una marcha de silencio en homenaje a los caídos.
El 23 de Mayo es ocupado el Barrio Clínicas por los estudiantes y son apoyados por el resto del movimiento estudiantil.
El 26 de Mayo el movimiento obrero de Córdoba resuelve un paro general de las actividades de 37 horas a partir de las 11 horas, para el 29 de Mayo, con abandono de trabajo y concentraciones públicas de protesta.
Los estudiantes adhieren en todo a las resoluciones de la CGT. Los estudiantes organizan y los obreros también. Millares y millares de volantes reclamando la vigencia de los derechos conculcados inundan la ciudad los días previos.
El 29 de Mayo amanece tenso. Los trabajadores de luz y fuerza son atacados con bombas de gases a la altura de Rioja y Gral. Paz. Una vez más la represión está marcha.
Las columnas de los trabajadores de las fábricas automotrices llegan a la ciudad y son atacados. El comercio cierra sus puertas y la gente inunda las calles.
Corre la noticia de la muerte de Máximo Mena, obrero mecánico. Se produce un estallido popular, la rebeldía contra tanta injusticia, contra los asesinatos, contra los atropellos. La policía retrocede. Nadie controla la situación.
Es el pueblo. Son las bases sindicales y estudiantes que luchan enardecidas. El apoyo total de la población.
Es la toma de conciencia contra tantas prohibiciones. Nada de tutelas ni usurpadores del poder, ni de cómplices participacionistas.
El saldo de la batalla de Córdoba, "El Cordobazo", es trágico. Decenas de muertos, cientos de heridos. Pero la dignidad y el coraje de un pueblo florecen y marcan una página histórica argentina y latinoamericana que no se borrará jamás.
En medio de esa lucha por la justicia, la libertad y el imperio de la voluntad del pueblo, sepamos unirnos para construir una sociedad más justa, donde el hombre no sea lobo del hombre, sino su hermano.
"Nuestras clases dominantes han procurado siempre que los trabajadores no tengan historia, no tengan doctrina, no tengan héroes ni mártires. Cada lucha debe empezar de nuevo, separada de las luchas anteriores. La experiencia colectiva se pierde, las lecciones se olvidan. La historia aparece así como propiedad privada cuyos dueños son los dueños de todas las cosas. Esta vez es posible que se quiebre el círculo..."
* Extraído de “Periódico de la CGT de los Argentinos”. Colección Completa. Números 1 al 55. Mayo 1968 – Febrero 1970. www.cgtargentinos.org

Contexto Nacional



Durante las décadas del ´60 y del ´70 los conflictos  sociales en el país eran una constante, el escenario político era convulsionado y violento. El gran eje de la discusión de ese momento era la proscripción del peronismo y la amenaza latente del retorno del líder en el exilio. Otras problemáticas funcionaban como satélite. En el ámbito sindical había pulsiones entre facciones que representaban a varias corrientes dentro del peronismo. Cada uno de los líderes sindicales peleaba un lugar para contar con el beneplácito  del general. En lo institucional, se producía una alternancia entre gobiernos elegidos por el voto popular, donde el peronismo estaba proscripto y los sucesivos gobiernos de facto. Juan Domingo Perón desde España mantenía comunicación periódica con líderes  sindicales, jefes de organizaciones juveniles, conductores políticos preparando su vuelta e impulsando a generar  presión social para que esto suceda a la brevedad.

La CGT, obligada por la situación, en marzo de 1967 convocó aun paro general para repudiar la política económica del ministro Krieger Vasena. En respuesta, el gobierno endureció aún más su postura, interviniendo y suspendiendo la personería de varios gremios importantes.

Ante estas circunstancias, un grupo de sindicatos decidió sin tapujos colaborar abiertamente con el régimen. Este sector recibió el nombre de«participacionismo» -más adelante, Nueva Corriente de Opinión-, y sus exponentes más importantes eran Juan José Taccone (Luz y Fuerza) y Rogelio Coria (Unión Obrera de la Construcción). El vandorismo, que había cifrado

expectativas en la dictadura militar, manifestó su punto débil, pues quedó atrapado entre dos incómodas opciones: por un lado, existía la posibilidad de endurecerse, pero a riesgo de que el gobierno le cortara el manejo de los fondos; por otro, se enfrentaba al posible alejamiento y la radicalización de las bases por su inacción frente a una política económica que afectaba notablemente a los trabajadores. Optó finalmente por una táctica intermedia y ambigua.*(Lobato y Suriano, 2003, 45)

La CGTA estaba conformada por una gama de gremios disímiles políticamente, muchos de los cuales, al poco tiempo, la abandonaron para sumarse a la CGT de la calle Azopardo o para mantenerse al margen de la disputa. Ongaro le impuso a la CGTA una impronta de protesta orientada en dos direcciones. En primer lugar, ejerció una dura crítica y oposición al verticalismo y la burocratización implementados por el vandorismo o el participacionismo; por otra parte, desarrolló una oposición mucho más frontal a la dictadura, radicalizando la protesta obrera. Además, promovió nuevas formas de movilización y de protesta que, en su aspecto más novedoso, incluían la alianza de los trabajadores con sectores no tradicionales, como el movimiento estudiantil o los curas radicalizados tercermundistas.

Los estudiantes universitarios ya venían manifestando un profundo malestar desde que el régimen de Ongania había intervenido la universidad en 1966, durante la Noche de los Bastones Largos, coartando la libre expresión de las ideas e imponiendo una política autoritaria en los claustros. Dos meses después del golpe, varias agrupaciones estudiantiles de la Universidad de Córdoba decretaron un paro con movilización en el que se produjeron disturbios que incluyeron la toma del barrio Clínicas por parte de los estudiantes, apoyados por los vecinos. El 7 de septiembre de 1966, Santiago

Pampillón, estudiante de ingeniería y subdelegado de la planta automotriz IKA, fue asesinado por la policía y la CGT Córdoba decretó un paro de repudio de una hora por turno. De esta manera comenzaba a sellarse, al menos en Córdoba, la unidad de las protestas obrera y estudiantil en tanto ambos sectores se hallaban notoriamente perjudicados por el gobierno militar.

También se había radicalizado e incorporado a la protesta popular un sector de la iglesia católica latinoamericana influido por el obispo brasileño Helder Cámara que, en 1967, confluyó en el Movimiento de Sacerdote para el Tercer Mundo (MSTM). Un año más tarde, cerca de trescientos sacerdotes se reunieron en Córdoba y conformaron formalmente el movimiento en la Argentina.

Al comienzo, principalmente en Córdoba y Tucumán, y luego en casi todo el país llevaron adelante una intensa actividad en barrios obreros y marginales, que incluía su participación en marchas de hambre y huelgas, solidarizándose de esa manera con la protesta de los trabajadores en conflicto.

No debe olvidarse que, acompañando (o como consecuencia de) este proceso, se acentuó la radicalización política y se produjeron profundas transformaciones tanto en el peronismo como en la izquierda. La fuerte y constante represión de los gobiernos militares a las manifestaciones opositoras y la proscripción política consolidaron la idea de que la violencia, ya fuera de masas o foquista, era el único método valedero.* (Lobato y Suriano,2003,46) Por un lado, se conformaron aquellos grupos políticos que adherían al uso de la violencia de masas, como por ejemplo el Partido Comunista Revolucionario (PCR), partidario de la inserción popular, surgido de una escisión del Partido Comunista (PC), o el partido maoísta Vanguardia Comunista (VC), desprendimiento del Socialismo de Vanguardia e impulsor de la Guerra Popular Prolongada. Por otro lado, los grupos guerrilleros Fuerzas Armadas de Liberación (FAL), proveniente de la izquierda, Fuerzas Armadas Peronistas (FAP), cuyo origen eran algunos núcleos supervivientes de la Resistencia y el Ejército Revolucionario del Pueblo (ERP) creado en 1969 como consecuencia de la formación, un año antes, del Partido Revolucionario de los Trabajadores «El Combatiente», bajo la dirección de Mario Roberto Santucho. Poco después se agregarían las Fuerzas Armadas Revolucionarias (FAR) y Montoneros, que serian las organizaciones guerrilleras más importantes a la luz de la notable peronización de los sectores juveniles de izquierda. En 1969, el malestar obrero profundizó la protesta de tal manera que se convertiría en rebelión popular. Ya el año anterior, la provincia de Tucumán se había transformado en uno de los centros de la protesta nacional a partir de las importantes movilizaciones de los trabajadores azucareros. La inquietud de los trabajadores era una consecuencia directa de la racionalización encarada por el gobierno de Onganía, que desembocó en el cierre de once ingenios y el despido y la desocupación de miles de obreros. Ante el declive de la Federación Obrera de Trabajadores de la Industria Azucarera (FOTIA), dividida entre vandoristas y ortodoxos,y la propia fragmentación de la acción obrera, dirigentes de base apoyados por los sacerdotes del MSTM se pusieron a la cabeza de la protesta obrera que adquirió amplia difusión y visibilidad. Contribuyó a ello el apoyo

activo de un importante grupo de artistas plásticos de vanguardia a través de la muestra Tucumán arde. En el mes de marzo de 1969, los trabajadores azucareros realizaron una larga marcha desde el ingenio Bella Vista hasta la ciudad de San Miguel de Tucumán. ‘  Por su parte, en el norte de Santa Fe (Villa Guillermina, Villa Ocampo ), sin alcanzar la envergadura de la protesta tucumana pero contribuyendo a profundizarla, también se realizaron varias marchas de hambre para exigir la preservación de las fuentes de trabajo, en

especial en los talleres ferroviarios, que habían comenzado a cerrarse a partir de la racionalización ferroviaria encara da por el gobierno de Frondizi.

Pero donde la protesta alcanzó su mayor dimensión fue en la ciudad de Córdoba. La agudización del clima de descontento en la década de 1960 se debía, al margen del repudio al autoritarismo del gobierno militar, a una conjunción de factores locales. En principio, a la larga lista de reclamos del movimiento obrero se agregó el incumplimiento por parte del gobierno nacional de la puesta en marcha de las convenciones colectivas de trabajo; la supresión del «sábado inglés», por el cual los obreros trabajaban cuatro horas los sábados y cobraban ocho, y la confirmación de la vigencia de las «quitas zonales», que permitía a los trabajadores de Buenos Aires cobrar más que sus pares cordobeses. Sin duda, la sumatoria de todos estos elementos generalizó el clima de malestar en el mundo del trabajo cordobés.*(Lobato y Suriano, 2003, 47)

El otro factor que incidió en la explosión de la protesta se vinculó a la peculiaridad del sindicalismo en esa provincia. (Por un lado, porque los trabajadores de algunas importantes plantas de las industrias automotriz (Fiat) y petroquímica estaban organizados como sindicatos de fábrica, y esa independencia de las direcciones sindicales nacionales, contra lo que esperaban el gobierno y las empresas, radicalizaron notablemente a los trabajadores.

Por otro lado, las regionales locales mantenían cierta independencia política con respecto a las centrales nacionales, situación que les permitía tomar decisiones y maniobrar sin preocuparse por la postura de las cúpulas.

Los casos más importantes en este sentido, aunque con diverso grado de autonomía y líneas políticas diferentes, los constituían el Sindicato de Mecánicos y Afines del Transporte Automotor (SMATA), dirigido por El pidio Torres, que agrupaba a los trabajadores de algunas importantes plantas automotrices (lKA, Grandes Motores Perkins ), y el gremio de Luz y Fuerza, orientado por Agustín Tosco. Éstos y otros sindicatos más pequeños equilibraban en la CGT local las posturas que respondían a la conducción nacional (vandorismo, 62 Organizaciones).

Ante el clima de malestar generalizado, la CGT local lanzó la Declaración Córdoba llamando a conformar un amplio frente civil en oposición al régimen. Y en realidad, las condiciones para conformar ese frente estaban dadas. El movimiento estudiantil se hallaba ampliamente movilizado, no sólo en Córdoba sino en otras provincias.

En Corrientes, mientras los universitarios reclamaban por el cierre del comedor estudiantil, fue asesinado por la policía el estudiante Juan José Cabral. Inmediatamente se organizó una manifestación de repudio en la ciudad de Rosario, en la que cayeron asesinados por la represión otros dos estudiantes. La CGT rosarina respondió con un paro general el 23 de mayo y la jornada

derivó en una amplia manifestación de repudio que ha sido conocida como el «Primer Rosariazo». La movilización estudiantil en oposición a la represión y en solidaridad con los estudiantes correntinos y rosarinos se extendió a Córdoba, donde, el 26 de mayo, abandonaron las aulas y ocuparon el barrio Clínicas, donde levantaron barricadas y enfrentaron a la policía, que realizó un gran número de detenciones, incluyendo la de Raimundo Ongaro. Frente a la presión de la protesta, la CGT cordobesa decretó un paro de cuarenta y ocho horas a partir del 29 de mayo, mientras que las dos centrales nacionales

(la de Azopardo, y la de los Argentinos) llamaron a un paro nacional de veinticuatro horas para el 30 de mayo.


El 29 por la mañana, los trabajadores de las grandes plantas fabriles (Fiat, IKA-Renault, ILASA, Perkins, Thompson Ramco, Transax y otras) y del sector público abandonaron el trabajo y marcharon en manifestación desde el barrio obrero de Santa Isabel. La columna obrera creció de manera incesante con la incorporación de vecinos y estudiantes. Cuando la policía reprimió violentamente y mató a un delegado de lKA, la protesta se convirtió en la gran revuelta popular espontánea denominada Cordobazo. La rebelión, en la que participaron vastos sectores de la sociedad cordobesa, rebasó tanto a la autoridad policial como a la dirigencia sindical en su conjunto y, en algún momento del día, pareció controlar la ciudad. Por la noche, la mayoría de los trabajadores retornaron a sus domicilios mientras los estudiantes mantenían la resistencia ocupando varios barrios y algunos sectores de la izquierda creían vislumbrar una insurrección popular. Al día siguiente, a pesar de que se mantenían algunos focos aislados, la protesta había finalizado y los resultados eran elocuentes por su importancia: más de diez muertos según la versión oficial, cerca de cien heridos, varios centenares de detenidos, entre los que se contaban importantes dirigentes como Agustín Tosco, y cuantiosos daños a la propiedad de las empresas *(Lobato y Suriano, 2003, 48), sobre todo extranjeras. Pero más importante que esos datos fue el impacto político causado por el Cordobazo, que se convirtió en un verdadero punto de inflexión en la escena política argentina. En principio, motorizó un ciclo de protestas en las que, como venia sucediendo, el movimiento obrero, aunque continuaba siendo el protagonista principal, no estuvo solo sino que fue acompañado por estudiantes, sacerdotes, intelectuales y artistas. En esta protesta, además de la clásica oposición a la dictadura ya los sectores patronales, se destacaron como

rasgos novedosos tanto el rechazo a la burocracia sindical como el importante pero disímil grado de radicalización ideológica. Por otro lado, la protesta cordobesa produjo una hecatombe política, en tanto radicalizó a amplios sectores de la juventud que aparecían dispuestos a borrar el pasado y construir una sociedad nueva y que engrosaron las filas de las organizaciones de izquierda insurreccionales o guerrilleras. El impacto político se relacionaba también con la capacidad de un movimiento popular de estas características para contribuir a provocar la crisis y el derrumbe de un gobierno; no sólo cayó

el gobernador cordobés Caballero sino, un año más tarde, el general Onganía y también su sucesor, el general Levingston, incapaces todos de resolver las causas de la convulsión social desde un régimen autoritario. La fuerza de este movimiento residió en que canalizó la acumulación de diversos factores de agravio e injusticia de amplios sectores de la sociedad durante quince años, entre los que la proscripción política del peronismo no fue un tema menor. La brecha entre la sociedad civil y el sistema de poder se amplió de tal manera que hicieron eclosión en un momento de debilidad del régimen autoritario

y de radicalización de un importante segmento de la población.

No obstante, hay que resaltar que uno de los límites de este movimiento en el plano del mundo del trabajo fue su escasa ascendencia sobre el movimiento obrero de Buenos Aires, en donde el sindicalismo clásico mantuvo su influencia, o al menos la capacidad de enfriar los conflictos, a pesar de la política combativa de una CGTA cuyos límites estaban demarcados por la escasa envergadura de los gremios adheridos.

El peso del Cordobazo en la clase trabajadora y en el ciclo de protestas posterior se centró en Córdoba y en ciertos bolsones del interior como Tucumán, Rosario, Neuquén o las provincias del litoral. En Córdoba, después del estallido de mayo de 1969, se gestó un sindicalismo combativo que estaba constituido por una importante y variada gama de sindicatos que iban desde aquellos liderados por peronistas combativos (Unión Tranviarios Automotores) hasta gremios como Luz y Fuerza, orientados por independientes de izquierda como Agustín Tosco.

Pero, a la vez, a la izquierda de aquellos se articuló una corriente sindical clasista con características peculiares y diferenciadoras de las tradicionales formas de hacer gremialismo. Este movimiento estaba liderado por los sindicatos de la empresa Fiat: Sindicato de Trabajadores Concord (SITRAC) y Sindicato de Trabajadores Materfer (SITRAM), cuyas direcciones se habían renovado a comienzos de 1970. La nueva conducción, elegida directamente por las bases, cambió radicalmente las tácticas de acción gremial y materializó una ofensiva constante contra la empresa para obtener mejores condiciones de trabajo y mayores salarios.* (Lobato y Suriano, 2003, 49)


Conflictos Regionales entre los años 1969 – 1973

El movimiento conocido como Cipolletazo se originó a raíz del pedido de renuncia que el interventor en Río Negro del gobierno militar, Figueroa Bunge -vocero del Presidente Alejandro Lanusse-, le hiciera  al intendente de Cipolletti, Julio Salto, en agosto de 1969. Salto había sido intendente  en 1963 por una alianza entre la UCR y la UCRP, siendo  confirmado después del golpe  que derrocó al Presidente Illia debido a  su prestigio social en la comunidad cipoleña  por su labor como médico. La orientación nacionalista del intendente  disgustaba al Presidente  Lanusse, quien presionó para lograr su dimisión. Salto no renunció  y esto, sumado a la decisión del gobierno provincial de construir  una ruta que uniría Roca con El Chocón y Bariloche, sin tener en cuenta a Cipolletti, provocó una manifestación popular en la localidad que llevó al gobierno provincial a intervenir la comuna  y obligar al intendente a renunciar. En la localidad se realizaron  asambleas, se cerraron comercios y se organizaron movilizaciones. Un grupo ingresó al Municipio y arrojó a dos miembros enviados  por el interventor al jardín del edificio por una ventana,  siendo reprimidos por la policía con intervención de la VI Brigada de Infantería de montaña con asiento en Neuquén, cuyos  altos mandos  respaldaban a Salto. Poco después  debieron renunciar el interventor provincial y su gabinete, siendo intervenida la provincia.

En julio de 1970, se produciría otro hecho conocido como Barilochazo,  a raíz de una serie de hechos  que comenzaron con la designación  de Robespierre Panebianco como intendente de Bariloche por el gobierno rionegrino de facto de Roberto Requeijo, y continuaron con la adjudicación a la Fundación Bariloche de 99 hectáreas en la Península Llao Llao. La comunidad barilochense reaccionó y repartió  panfletos  repudiando la asunción del nuevo intendente, lo que se concretó, logrando en pocas semanas  un intendente de su propia comuna y no ajeno a su realidad.

Finalmente, en 1972 se desencadenaría  otro conflicto conocido como Rocazo, desatado a partir  de la creación  de un nuevo juzgado en la ciudad  de Cipolletti, desmembrándose  la Segunda Circunscripción  Judicial  con asiento exclusivamente  en General Roca. El municipio lanzó una convocatoria  para discutir el tema, a la que concurrieron  aproximadamente dos mil personas. Pronto el debate dejó ver que la cuestión de fondo radicaba  en el protagonismo que estaba adquiriendo Cipolletti, que junto a Neuquén  concentraban la expansión económica  y social del Alto Valle, favorecido por el gobernador militar Requeijo a través de planes y fondos provinciales. Al día siguiente el Ejército y la Gendarmería ocuparon la ciudad y detuvieron al director del diario “Río Negro” y a otros 52 vecinos, quienes fueron liberados poco después. Posteriormente, en ocasión de la campaña para las elecciones de marzo de 1973, la llegada a Roca del General Requeijo, quien se postulaba como gobernador por el Partido Provincial Rionegrino, provocó el enfrentamiento abierto y violento de militantes de diferentes agrupaciones  políticas, que finalizaron con un muerto y la huída de Requeijo.*

En 1969, la huelga llevada adelante por obreros de las obras de El Chocón es una de las primeras de una serie de manifestaciones obreras y de productores valletanos, al igual que la menos difundida –en la esfera local y nacional protesta y huelga de los trabajadores de la empresa INDUPA –industria química. También, los gobiernos locales nombrados por el onganiato (1966-1969) para administrar la provincia son jaqueados por protestas sociales difíciles de contener, tales como la revuelta popular en Cipolletti (1969), la “insurrección” en Bariloche (1970) y la resistencia sociopolítica en Roca (1972). En el primer caso, los motivos que “consiguen” llevar a la gente a la calle son: el trazado de una ruta que uniría a Roca con El Chocón para seguir a Bariloche sin pasar por Cipolletti y la decisión del gobierno provincial de obligar al intendente de la comuna a renunciar. Los distintos sectores sociales realizan asambleas, se cierran los comercios y se organizan movilizaciones. Por otra parte, los continuos cambios y el origen de los intendentes nombrados para Bariloche explicitan una “militarización del cargo” (Núñez, 2003: 117). En el último acontecimiento mencionado –Rocazo, la resolución del gobierno de crear un nuevo juzgado, desmembrando así la Segunda Circunscripción Judicial, es la chispa que enciende la revuelta popular. El conflicto está liderado por fracciones burguesas –productores, comerciantes, estudiantes  con cierta relación con sectores monopólicos nacionales o extranjeros, vinculados entre sí, y por abogados –con incidencia en el Superior Tribunal de Justicia; estos actúan como intelectuales orgánicos con una clientela de sectores medios. En estas puebladas, la ciudadanía cierra filas al interior de las ciudades de manera corporativa y el enemigo es una entidad externa –otra ciudad, el gobernador, el gobierno nacional que afecta sus intereses económico-corporativos (Balbé, 1989: 12).

sábado, 26 de mayo de 2012













Recordando El Choconazo

Un gran logro después de muchos contratiempos: me recibí de Licenciada en Comunicación Social y esta es la entrega de mi título. Gracias a todos los que en estos largos meses me han acompañado.Gracias

Mi testimonio

Me siento no sé si protagonista, pero si partícipe  de esta historia, que es un pedacito de la historia de los trabajadores.
Intenté tomarme en  serio lo que dijo Juan XXIII al inaugurar el Concilio Ecuménico Vaticano II:eso de abrir la iglesia para que la evangelizara el Espiritu de la historia.Todos habíamos descubierto un poco más, que la Iglesia si quería volver a ser la Iglesia de Cristo, tenía que abrirse  a la Historia. Y lo que estaba pasando en el mundo y concretamente en América Latina nos reclamaba poner el cuerpo.
Personalmente quéría reencontrarme con el mundo del trabajo que había dejado cuando entré al Seminario, mediante  un aprendizaje  que venía principalmente  de los compañeros: la clase trabajadora que algunos sectores  de la Iglesia la consideraban  que habían desertado de la fe  porque luchaban por sus derechos.
Comenzando mi inserción, silenciosamente me encontré rodeado por hermanos  que necesitaban de mi y me ofrecían la riqueza de su experiencia de lucha. La ideología, que en otros momentos se convirtió para mí en una realidad, razón de ser de la práctica de los compañeros, y por lo tanto respetable. Ese  fue el punto de partida de nuestra fraternidad.´
Creo que eso es un valor del que tenemos que servirnos actualmente; dejando de lado las desconfianzas, pero siempre con espíritu crítico.En el acompañamiento mutuo, que nos hacíamos, descubrí el respeto por la fe que los compañeros cristianos ligaban principalmente al culto. Pero también descubrí el sentido  fundamental que tenía esa fe como paso a la liberación total.
Entonces el sentido de la Iglesia fue cambiando para mi, por el sentido de clase y de fraternidad. Fuí buscando los caminos para recorrer con ellos en esa dirección, que era la dirección de la Historia.
Por todo esto, creo que mi sentimiento principal en este momento es de gratitud a Dios y a los compañeros por haber participado de este episodio que cambio el sentido de mi vida.

PASCUAL SALVADOR RODRIGUEZ

Mi Testimonio

Me siento no sé si protagonista pero si partícipe de esta historia, que es un pedacito de la historia de los trabajadores.
Intenté tomarme en serio lo que dijp Juan XXIII al inaugurar

viernes, 11 de mayo de 2012

miércoles, 28 de marzo de 2012

Tesina parte III

2.1. El cordobazo

Durante
las décadas del ´60 y del ´70, los conflictos
sociales en el país eran una constante y el escenario político era
convulsionado y violento. El gran eje de discusión de ese momento era la
proscripción del peronismo y la posibilidad de retorno del líder en el exilio.
Otras problemáticas funcionaban como satélite.
En
el ámbito sindical había enfrentamientos entre facciones que representaban a
varias corrientes dentro del peronismo. Cada uno de los líderes sindicales
peleaba un lugar para contar con el beneplácito
del general.
En
lo institucional, se producía una alternancia entre gobiernos elegidos por el
voto popular (el peronismo estaba proscripto) y los sucesivos gobiernos de
facto. Juan Domingo Perón desde España mantenía comunicación periódica con
líderes sindicales, jefes de
organizaciones juveniles, conductores políticos, preparando su vuelta e
impulsando a generar presión social para
que esto suceda a la brevedad.
La CGT, obligada por la
situación, en marzo de 1967 convocó aun paro general para repudiar la política
económica del ministro Krieger Vasena. En respuesta, el gobierno endureció aún
más su postura, interviniendo y suspendiendo la personería de varios gremios
importantes.
Ante estas
circunstancias, un grupo de sindicatos decidió colaborar abiertamente con el
régimen. Este sector recibió el nombre de participacionistas
-más adelante, Nueva Corriente de Opinión-, y sus exponentes más importantes
eran Juan José Taccone (Luz y Fuerza) y Rogelio Coria (Unión Obrera de la Construcción).
El vandorismo, que
había cifrado expectativas en la dictadura militar, manifestó su punto débil,
pues quedó atrapado entre dos incómodas opciones: por un lado, existía la
posibilidad de endurecerse, pero a riesgo de que el gobierno le cortara el
manejo de los fondos; por otro, se enfrentaba al posible alejamiento y la
radicalización de las bases por su inacción frente a una política económica que
afectaba notablemente a los trabajadores. Optó finalmente por una táctica
intermedia y ambigua. (Lobato y Suriano, 2003: 45)
La CGTA estaba conformada por
una gama de gremios disímiles políticamente, muchos de los cuales, al poco
tiempo, la abandonaron para sumarse a la
CGT de la calle Azopardo o para mantenerse al margen de la
disputa. Ongaro le impuso a la
CGTA una impronta de protesta orientada en dos direcciones.
En primer lugar, ejerció una dura crítica y oposición al verticalismo y la
burocratización implementados por el vandorismo o el participacionismo; por
otra parte, desarrolló una oposición mucho más frontal a la dictadura,
radicalizando la protesta obrera. Además, promovió nuevas formas de
movilización y de protesta que, en su aspecto más novedoso, incluían la alianza
de los trabajadores con sectores no tradicionales, como el movimiento
estudiantil o los curas radicalizados tercermundistas.
Los estudiantes
universitarios ya venían manifestando un profundo malestar desde que el régimen
de Onganía había intervenido la universidad en 1966, durante la Noche de los Bastones
Largos, coartando la libre expresión de las ideas e imponiendo una política
autoritaria en los claustros. Dos meses después del golpe, varias agrupaciones
estudiantiles de la
Universidad de Córdoba decretaron un paro con movilización en
el que se produjeron disturbios que incluyeron la toma del barrio Clínicas por
parte de los estudiantes, apoyados por los vecinos.
El 7 de septiembre de
1966, Santiago Pampillón, estudiante de ingeniería y subdelegado de la planta
automotriz IKA, fue asesinado por la policía y la CGT Córdoba decretó un
paro de repudio de una hora por turno. De esta manera comenzaba a sellarse, al
menos en Córdoba, la unidad de las protestas obrera y estudiantil en tanto
ambos sectores se hallaban notoriamente perjudicados por el gobierno militar.
También se había
radicalizado e incorporado a la protesta popular un sector de la iglesia
católica latinoamericana influido por el obispo brasileño Helder Cámara que, en
1967, confluyó en el Movimiento de Sacerdote para el Tercer Mundo (MSTM). Un
año más tarde, cerca de trescientos sacerdotes se reunieron en Córdoba y
conformaron formalmente el movimiento en la Argentina.
Al comienzo,
principalmente en Córdoba y Tucumán, y luego en casi todo el país llevaron
adelante una intensa actividad en barrios obreros y marginales, que incluía su
participación en marchas de hambre y huelgas, solidarizándose de esa manera con
la protesta de los trabajadores en conflicto.
Como consecuencia de
este proceso, se acentuó la radicalización política y se produjeron profundas
transformaciones tanto en el peronismo como en la izquierda. La fuerte y
constante represión de los gobiernos militares a las manifestaciones opositoras
y la proscripción política consolidaron la idea de que la violencia, ya fuera
de masas o foquista, era el único método valedero (Lobato y Suriano, 2003: 46).
Por un lado, se
conformaron grupos políticos que adherían al uso de la violencia de masas, como
por ejemplo el Partido Comunista Revolucionario (PCR), partidario de la inserción
popular, surgido de una escisión del Partido Comunista (PC), o el partido
maoísta Vanguardia Comunista (VC), desprendimiento del Socialismo de Vanguardia
e impulsor de la Guerra
Popular Prolongada.
Por otro lado, los
grupos guerrilleros Fuerzas Armadas de Liberación (FAL), proveniente de la
izquierda, Fuerzas Armadas Peronistas (FAP), cuyo origen eran algunos núcleos
supervivientes de la
Resistencia y el Ejército Revolucionario del Pueblo (ERP)
creado en 1969 como consecuencia de la formación, un año antes, del Partido
Revolucionario de los Trabajadores «El Combatiente», bajo la dirección de Mario
Roberto Santucho. Poco después se agregarían las Fuerzas Armadas
Revolucionarias (FAR) y Montoneros, que serían las organizaciones guerrilleras
más importantes a la luz de la notable peronización de los sectores juveniles
de izquierda.
En 1969, el malestar
obrero profundizó la protesta de tal manera que se convertiría en rebelión
popular. Ya el año anterior, la provincia de Tucumán se había transformado en uno
de los centros de la protesta nacional a partir de las importantes
movilizaciones de los trabajadores azucareros. La inquietud de los trabajadores
era una consecuencia directa de la racionalización encarada por el gobierno de
Onganía, que desembocó en el cierre de once ingenios y el despido y la
desocupación de miles de obreros.
Ante el declive de la Federación Obrera
de Trabajadores de la
Industria Azucarera (FOTIA), dividida entre vandoristas y
ortodoxos, y la propia fragmentación de la acción obrera, dirigentes de base
apoyados por los sacerdotes del MSTM se pusieron a la cabeza de la protesta
obrera que adquirió amplia difusión y visibilidad. Contribuyó a ello el apoyo
activo de un importante grupo de artistas plásticos de vanguardia a través de
la muestra Tucumán arde.
En el mes de marzo de
1969, los trabajadores azucareros realizaron una larga marcha desde el ingenio
Bella Vista hasta la ciudad de San Miguel de Tucumán. Por su parte, en el norte
de Santa Fe (Villa Guillermina, Villa Ocampo), sin alcanzar la envergadura de
la protesta tucumana pero contribuyendo a profundizarla, también se realizaron
varias marchas de hambre para exigir la preservación de las fuentes de trabajo,
en especial en los talleres ferroviarios, que habían comenzado a cerrarse a
partir de la racionalización ferroviaria encarada por el gobierno de Frondizi.
Pero donde la protesta
alcanzó su mayor dimensión fue en la ciudad de Córdoba. La agudización del
clima de descontento en la década de 1960 se debía, al margen del repudio al
autoritarismo del gobierno militar, a una conjunción de factores locales. En
principio, a la larga lista de reclamos del movimiento obrero se agregó el
incumplimiento por parte del gobierno nacional de la puesta en marcha de las
convenciones colectivas de trabajo; la supresión del sábado inglés por el cual los obreros trabajaban cuatro horas los
sábados y cobraban ocho, y la confirmación de la vigencia de las quitas zonales, que permitía a los
trabajadores de Buenos Aires cobrar más que sus pares cordobeses. Sin duda, la
sumatoria de todos estos elementos generalizó el clima de malestar en el mundo
del trabajo cordobés (Lobato y Suriano, 2003: 47).
El otro factor que
incidió en la explosión de la protesta se vinculó a la peculiaridad del
sindicalismo en esa provincia. Por un lado, porque los trabajadores de algunas
importantes plantas de las industrias automotriz (Fiat) y petroquímica estaban
organizados como sindicatos de fábrica, y esa independencia de las direcciones
sindicales nacionales, contra lo que esperaban el gobierno y las empresas,
radicalizaron notablemente a los trabajadores. Por otro lado, las regionales
locales mantenían cierta independencia política con respecto a las centrales
nacionales, situación que les permitía tomar decisiones y maniobrar sin
preocuparse por la postura de las cúpulas.
Los casos más
importantes en este sentido, aunque con diverso grado de autonomía y líneas
políticas diferentes, los constituían el Sindicato de Mecánicos y Afines del
Transporte Automotor (SMATA), dirigido por Elpidio Torres, que agrupaba a los
trabajadores de algunas importantes plantas automotrices (lKA, Grandes Motores
Perkins), y el gremio de Luz y Fuerza, orientado por Agustín Tosco. Éstos y
otros sindicatos más pequeños equilibraban en la CGT local las posturas que respondían a la
conducción nacional (vandorismo, 62 Organizaciones).
Ante el clima de
malestar generalizado, la CGT
local lanzó la Declaración
Córdoba llamando a conformar un amplio frente
civil en oposición al régimen. El movimiento estudiantil se hallaba ampliamente
movilizado, no sólo en Córdoba sino en otras provincias.
En Corrientes, mientras
los universitarios reclamaban por el cierre del comedor estudiantil, fue
asesinado por la policía el estudiante Juan José Cabral. Inmediatamente se
organizó una manifestación de repudio en la ciudad de Rosario, en la que
cayeron asesinados por la represión otros dos estudiantes. La CGT rosarina respondió con un
paro general el 23 de mayo y la jornada derivó en una amplia manifestación de
repudio conocida como el Primer Rosariazo.
La movilización
estudiantil en oposición a la represión y en solidaridad con los estudiantes
correntinos y rosarinos se extendió a Córdoba donde, el 26 de mayo, abandonaron
las aulas y ocuparon el barrio Clínicas, levantaron barricadas y enfrentaron a
la policía, que realizó un gran número de detenciones, incluyendo la de
Raimundo Ongaro.
Frente a la presión de
la protesta, la CGT
cordobesa decretó un paro de cuarenta y ocho horas a partir del 29 de mayo,
mientras que las dos centrales nacionales (la de Azopardo, y la de los Argentinos)
llamaron a un paro nacional de veinticuatro horas para el 30 de mayo.
El 29 por la mañana,
los trabajadores de las grandes plantas fabriles (Fiat, IKA-Renault, ILASA,
Perkins, Thompson Ramco, Transax y otras) y del sector público abandonaron el
trabajo y marcharon en manifestación desde el barrio obrero de Santa Isabel. La
columna obrera creció de manera incesante con la incorporación de vecinos y
estudiantes. Cuando la policía reprimió violentamente y mató a un delegado de
lKA, la protesta se convirtió en la gran revuelta popular espontánea denominada
Cordobazo.
La rebelión, en la que
participaron vastos sectores de la sociedad cordobesa, rebasó tanto a la
autoridad policial como a la dirigencia sindical en su conjunto y, en algún
momento del día, pareció controlar la ciudad. Por la noche, la mayoría de los
trabajadores retornaron a sus domicilios mientras los estudiantes mantenían la
resistencia ocupando varios barrios y algunos sectores de la izquierda creían
vislumbrar una insurrección popular.
Al día siguiente, a
pesar de que se mantenían algunos focos aislados, la protesta había finalizado
y los resultados eran elocuentes por su importancia: más de diez muertos según
la versión oficial, cerca de cien heridos, varios centenares de detenidos,
entre los que se contaban importantes dirigentes como Agustín Tosco, y
cuantiosos daños a la propiedad de las empresas sobre todo extranjeras (Lobato
y Suriano, 2003: 48).
Pero más importante que
esos datos fue el impacto político causado por el Cordobazo, que se convirtió
en un verdadero punto de inflexión en la escena política argentina. En
principio, motorizó un ciclo de protestas en las que el movimiento obrero,
aunque continuaba siendo el protagonista principal, no estuvo solo sino que fue
acompañado por estudiantes, sacerdotes, intelectuales y artistas.
En esta protesta,
además de la clásica oposición a la dictadura ya los sectores patronales, se
destacaron como rasgos novedosos tanto el rechazo a la burocracia sindical como
el importante pero disímil grado de radicalización ideológica.
Por otro lado, la
protesta cordobesa produjo una hecatombe política, en tanto radicalizó a
amplios sectores de la juventud que aparecían dispuestos a borrar el pasado y
construir una sociedad nueva y que engrosaron las filas de las organizaciones
de izquierda insurreccionales o guerrilleras. El impacto político se
relacionaba también con la capacidad de un movimiento popular de estas
características para contribuir a provocar la crisis y el derrumbe de un
gobierno; no sólo cayó el gobernador cordobés Caballero sino, un año más tarde,
el general Onganía y también su sucesor, el general Levingston, incapaces todos
de resolver las causas de la convulsión social desde un régimen autoritario.
La fuerza de este
movimiento residió en que canalizó la acumulación de diversos factores de
agravio e injusticia de amplios sectores de la sociedad durante quince años,
entre los que la proscripción política del peronismo no fue un tema menor. La
brecha entre la sociedad civil y el sistema de poder se amplió de tal manera
que hicieron eclosión en un momento de debilidad del régimen autoritario y de
radicalización de un importante segmento de la población.
No obstante, hay que resaltar que uno de los
límites de este movimiento en el plano del mundo del trabajo fue su escasa
ascendencia sobre el movimiento obrero de Buenos Aires, en donde el
sindicalismo clásico mantuvo su influencia, o al menos la capacidad de enfriar
los conflictos, a pesar de la política combativa de una CGTA cuyos límites
estaban demarcados por la escasa envergadura de los gremios adheridos.
El peso del Cordobazo en la clase trabajadora y
en el ciclo de protestas posterior se centró en Córdoba y en ciertos bolsones
del interior como Tucumán, Rosario, Neuquén o las provincias del litoral.
En Córdoba, después del
estallido de mayo de 1969, se gestó un sindicalismo combativo que estaba
constituido por una importante y variada gama de sindicatos que iban desde
aquellos liderados por peronistas combativos (Unión Tranviarios Automotores)
hasta gremios como Luz y Fuerza, orientados por independientes de izquierda
como Agustín Tosco.




















































Pero, a la vez, a la izquierda de aquellos se
articuló una corriente sindical clasista con características peculiares y
diferenciadoras de las tradicionales formas de hacer gremialismo. Este
movimiento estaba liderado por los sindicatos de la empresa Fiat: Sindicato de
Trabajadores Concord (SITRAC) y Sindicato de Trabajadores Materfer (SITRAM),
cuyas direcciones se habían renovado a comienzos de 1970. La nueva conducción,
elegida directamente por las bases, cambió radicalmente las tácticas de acción
gremial y materializó una ofensiva constante contra la empresa para obtener
mejores condiciones de trabajo y mayores salarios (Lobato y Suriano, 2003: 49).

Tesina parte II

Planteamiento del
problema de investigación


La huelga producida en El Chocón, en plena construcción del emplazamiento,
constituye un referente fundamental de las protestas llevadas a cabo por la
clase obrera que por esos años se dieron en distintas partes de nuestro país.
El emplazamiento tenía gran relevancia debido a su dimensión, pero la protesta
ponía en escena a las fuerzas políticas que
se disputaban el poder desde el inicio de las obras de “El Chocón”. A
algunos de estos actores los podemos clasificar de acuerdo con al rol que
desempeñaron en torno al conflicto.

· Gobierno:
dentro de este nivel hay que diferenciar entre el gobierno nacional, el
provincial y las distintas actitudes que
adoptaron estos durante el desarrollo
del conflicto.
· Empresas constructoras:
en este grupo también existían diversos matices, desde los patrones más inflexibles hasta los que tenían
intención más conciliadora.
· Dirigentes sindicales:
este actor fue, quizás, el más cuestionado, ya que su función -luchar por los
derechos de los obreros-, cuando no es desempeñada con transparencia origina
mayores conflictos.
· Obreros:
dentro de este grupo existieron diferentes posiciones ideológicas, aunque en
los momentos decisivos actuaron como unidad. Cuando los acontecimientos
tendieron a normalizarse, las diferencias se hicieron insostenibles y
provocaron disensos y quiebres.
· Iglesia:
Este actor fue muy significativo, al menos en el conflicto a fines de 1969 y
comienzos de 1970. El obispo Jaime De Nevares intervino como mediador en los
momentos más críticos, tanto ante los directivos de la empresa, los sindicatos
como ante el mismo gobierno.

El objetivo primordial de esta investigación es indagar en fuentes periodísticas, documentos fotográficos y mediante la realización de entrevistas con el fin de rememorar
este acontecimiento, interpretar este hecho histórico y trabajar sobre la memoria del mismo para reforzar la identidad local, principalmente para las generaciones más jóvenes.
Con la elaboración del la presente investigación pretendo el armado de un blog para socializar la información que recaba. El blog se llamará “Choconazo” y en él pretendo no sólo se subirá a Internet información sobre la huelga producida durante la construcción de la represa, sino que se
establecerá un punto virtual de encuentro entre los protagonistas de la historia local reciente con el propósito de generar un ámbito que
rescate la historia local utilizando nuevos medios (en proceso en la siguiente
dirección: www.choconazo.blogspot.com).
Por otra parte, es mi intención proponer un proyecto de ordenanza que contemple la
recuperación de los espacios donde se desarrollaron los hechos conocidos como
“El Choconazo” como así también planificar un paseo histórico, que pueda ser
visitado por los lugareños y los turistas, a fin de que no solo se observe la obra de ingeniería que constituye el complejo hidroeléctrico, sino que el
recorrido incluya la “villa temporaria” y mantener así la memoria de nuestro pasado reciente.

1.3. Antecedentes de
investigaciones sobre el tema

Dentro de los antecedentes para la presente investigación, el más importante de todos es el libro de Juan Quintar, “El Choconazo”, por los datos históricos que aporta, las entrevistas que
incluye y por la claridad con que refiere los hechos.
Otro aporte es un trabajo perteneciente a la maestría FLACSO, que realizó la socióloga Cristina Pescio, para la cátedra Estructura Social Argentina. El mismo se titula “La
huelga de El Chocón”. En el mismo se analiza desde una perspectiva sociológica el conflicto obrero, su génesis y las distintas luchas internas y externas que se vivieron en esos días críticos.
Dos libros que me permitieron tener una visión más amplia del hecho histórico, con perfiles diferentes son “Choconazo, huelga y milagro” de Benigno Calfuán (seudónimo de la
médica Sofía Pelliza) que narra, a partir de algunos personajes ficcionales acontecimientos de la huelga, y el libro de Juan Chanetón “Cristianos y marxistas en la huelga del Chocón”, un texto en el cual el autor pone énfasis en las posiciones ideológicas de los huelguistas
que, aunque contrapuestas, no impidieron que se unieran en pos de objetivos comunes.

1.4.Hipótesis
La población residente de la Villa El Chocón, en especial los jóvenes desconocen el pasado reciente de la localidad.
La importancia de este conocimiento radica en la necesidad de crear espacios sociales de circulación de estos saberes para asegurar que el conjunto de la población tenga al alcance los mismos para su reflexión y aprendizaje. Este requisito es imprescindible para comprender su realidad presente y obtener herramientas concretas para generar un vínculo concreto con la
comunidad. En mi opinión este proceso es indispensable para remover el fenómeno de transitoriedad* que acompaña a muchos pobladores y que les impide estrechar lazos con el lugar, elemento fundamental para construir la identidad de la localidad.
El fenómeno de transitoriedad puede ser conceptualizado como la cualidad que aparece en poblaciones que surgen a partir de un emprendimiento productivo, que son el eje vertebrante de todas las actividades.
Razón de ser de la existencia de estos lugares, que por esta mismas cualidades posicionan a los moradores como meros pasajeros. La misma relación que se establece entre el propietario de un hotel,
con sus potenciales clientes. En este tipo de vínculo no existe la posibilidad de la apropiación del espacio, que se da en dos instancias: de forma física y simbólica. Sin este presupuesto es inasequible:la identidad. Esta requiere en un primer momento de la pertenencia, para luego
de un proceso de apropiación devenga en identidad.
En cuanto a la naturaleza física se accede a esta instancia, a partir de la apropiación del
espacio geográfico, su conocimiento, el sentirse parte del terruño. Este
elemento es indispensable para que se genere una ligazón con el lugar. El echar
raíces proviene de este proceso. Un proceso complejo que requiere de una decisión colectiva de profundizar la eraización mediante la vinculación de los espacios con la comunicación.
La comunicación crea circuitos y redes que estrechan los lazos de reciprocidad nacidos de compartir experiencias y necesidades similares.
En cuanto al aspecto simbólico es más difícil acceder a su comprensión, por su misma naturaleza. Lo que se puede observar es ciertos efectos que devienen de la apropiación, en características como la preservación de monumentos, edificios históricos. El lugar y la importancia que se les da a personas que son portadoras de saberes comunitarios. La transmisión de estos saberes, la
socialización de los mismos. Estás dos instancias vehiculizan la sinergía que conlleva la identidad.